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75 años del fin del Holocausto: La Odisea del MS Saint Louis

El Saint Louis zarpó desde Hamburgo con destino a Cuba el 13 de mayo de 1939, con un total de 937 pasajeros, de los cuales 930 eran refugiados judíos (principalmente alemanes) que escapaban de la persecución nazi buscando asilo en Estados Unidos, Canadá y Cuba.


A poca distancia de la costa cubana, el transatlántico recibió un telegrama que informaba de los nuevos problemas con las autoridades cubanas. Así, a su llegada a Cuba, el gobierno de Federico Laredo Bru negó la entrada al territorio cubano a los pasajeros del Saint Louis, ya fuera en calidad de turistas o como refugiados políticos. No obstante ello, el gobierno cubano accedió tras intensas negociaciones permitir la entrada a quienes pagaran una cuota de 500 dólares por visado y pasajero, suma de dinero que la mayoría de los refugiados no tenían. Las demandas del Gobierno de Laredo y la evolución de las negociaciones provocaron un motín, dos intentos de suicidio y docenas de amenazas. Finalmente solamente 29 de los 937 refugiados lograron desembarcar en La Habana.


La mayoría de los pasajeros judíos habían solicitado visados para los Estados Unidos y tenía planeado permanecer en Cuba sólo hasta que pudieran entrar en dicho país. Durante la travesía del "St. Louis", hubo sin embargo indicios de que las condiciones políticas en Cuba podrían impedir que los pasajeros desembarcaran allí. El Departamento de Estado de los Estados Unidos en Washington, el consulado estadounidense en La Habana, algunas organizaciones judías y agencias de refugiados estaban al tanto de la situación. Desafortunadamente, los propios pasajeros lo ignoraban y la mayor parte de ellos serían enviados de vuelta a Europa.

El viaje del "St. Louis" atrajo la atención de una gran cantidad de medios de comunicación. Incluso antes de que el barco saliera de Hamburgo, los periódicos derechistas cubanos, que albergaban sentimientos pro-fascistas, anunciaron la inminente llegada de la nave y solicitaron que se pusiera fin a la continua admisión de refugiados judíos. Cuando se denegó la entrada a Cuba a los pasajeros del "St. Louis", la prensa estadounidense y europea llevó la historia a millones de lectores de todo el mundo. A pesar de que por lo general los periódicos estadounidenses relataban la situación de los pasajeros con un alto grado de compasión, sólo unos pocos sugirieron que los refugiados deberían ser admitidos en los Estados Unidos.


Antes incluso de que el barco zarpara, los propietarios del "St. Louis", la línea entre Hamburgo y América, sabían que era posible que los pasajeros tuvieran problemas para desembarcar en Cuba. Pero los pasajeros, que tenían en su poder certificados de descarga emitidos por el Director general de inmigración cubano, desconocían que, ocho días antes de que el barco zarpara, el Presidente cubano Federico Laredo Bru había emitido un decreto que invalidaba todos los certificados de descarga. Para entrar a Cuba era necesario contar con una autorización por escrito de la Secretaría de Estado y de Trabajo de Cuba y el pago de un bono de 500 dólares, la mayoría de los pasajeros no los tenía. Habían huido del nazismo con sus pocas pertenencias y sin dinero.

Cuando el "St. Louis" llegó al puerto de La Habana el 27 de mayo, sólo se permitió el desembarco de 28 pasajeros. Seis de ellos no eran judíos (4 españoles y 2 cubanos). Los restantes 22 pasajeros disponían de documentos de entrada válidos. Otro pasajero terminó en el hospital de La Habana tras un intento de suicidio.


Los informes sobre la llegada del "St. Louis" provocaron una enorme manifestación antisemita en La Habana el 8 de mayo, cinco días antes de que el barco zarpara de Hamburgo. Esta manifestación antisemita, la más grande en la historia de Cuba.


Algunos señalan que Cuba se transformó rápidamente en país de tránsito para numerosos refugiados judíos y que su presencia en la Antilla Mayor, por breve que fuera, atizó el temor a un forcejeo violento por los puestos de trabajo entre los lugareños y los extranjeros. Otros sostienen que el Gobierno de La Habana se vio obligado a detener de golpe el flujo migratorio tras descubrir que funcionarios cubanos de alto rango intentaban enriquecerse ilícitamente, reduciendo el precio de las visas de 500 a 150 dólares estadounidenses.


Algunos historiadores apuntan que el antisemitismo ya cundía en el continente americano y el Caribe –con o sin la intermediación del Ministerio de Propaganda nazi–, y que ese factor dejó su huella en las luchas por el poder político, no solamente en Cuba, sino también en Estados Unidos y Canadá: los mandatarios de esos tres países se negaron, uno tras otro, a recibir a los pasajeros del MS Saint Louis.


Aunque el capitán Gustav Schroeder, timonel de aquella nave, es recordado por haber hecho lo humanamente posible para que los 907 pasajeros restantes no retornaran a Europa, las opciones a mano se agotaron pronto: el 17 de junio, el trasatlántico atracó en el puerto belga de Amberes. Bélgica, Francia, Gran Bretaña y los Países Bajos le dieron asilo a muchos de los judíos del MS Saint Louis. No obstante, más de 250 de ellos perdieron la vida en los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial.


Leandro Padura, el escritor cubano, relata en su libro Los Herejes, con profundo dramatismo la estadía del Saint Louis por esos días en las costas de La Habana, mientras se realizaban las negociaciones. Viajaron con la esperanza de liberarse de la tragedia del nazismo y no solo no lo lograron, debieron retornar a ella. Cuan indiferente fue el mundo a la expansión del nazismo y sus atrocidades en Europa.

Los familiares de quienes habían llegado antes a Cuba, pasaron días en el muelle, esperando que en los botes que fueran y vinieran al Saint Louis, estuvieran sus familiares. El niño Daniel, protagonista dela historia de Padura, quedaría marcado para siempre por esos días, donde pasaban de la alegría a la desesperación, sumidos en la angustia de los rumores de las buenas y malas noticias.


La zona del puerto se convirtió en un carnaval grotesco, los miles de judíos radicados en Cuba, tuvieran o no familiares en el buque, habían acampado en los muelles, instalaron negocios, de los cuales el más lucrativo era el alquiler de botes a bordo de los cuales, las personas con familiares en el transatlántico se aproximaban a él, todo lo que permitía el cordón formado por la policía y la marina, para desde allí ver a sus parientes, y si sus voces llegaban, transmitirles un mensaje de aliento.


La campaña contra el posible desembarco de refugiados fue una explosión de oportunidades y mezquindades. Los pocos pero ruidosos nazis cubanos se oponían a cualquier inmigración que no fuese blanca y católica. Muy pronto la gente sabría que el presidente Bru, presionado por el Departamento de Estado norteamericano, no parecía dispuesto a arriesgarse a sufrir la ira del vecino poderoso por los refugiados del Saint Louis.


El 4 de Junio, Estados Unidos lanzó un ultimátum: no aceptaría a los refugiados que imploraban por una orden de desembarco en las costas de Miami. Al día siguiente lo hizo Canadá, por lo que finalmente el buque pondría proa a Europa, de donde había partido, cargado de judíos y de confianza, justo tres semanas antes.


Los familiares que permanecieron toda la semana en el muelle de La Habana, vieron partir al transatlántico con la dolorosa convicción, acrecentada por las noticias llegadas de Europa, de no volver a ver a sus seres queridos.


La novela de Padura, Los Herejes, hábilmente construida sobre una rigurosa base histórica, parte del episodio del Saint Louis, un niño judío y su tío, que habían llegado antes que su familia embarcada a La Habana.

Ellos como tantos otros que estuvieron en ese muelle, supieron cuando termino la guerra por los listados publicados de los campos de concentración, que esa ilusión de verlos desembarcar, que duro seis días con sus noches en la Habana, fue devorada junto a sus familias en el Holocausto.

Alicia Panero


Fuentes:

Holocaust Memorial Museum de Estados Unidos.

Los Herejes de Leandro Padura.

DW, Alemania.

Hamburgo, placa conmemora el trágico viaje de ida y vuelta que hizo el barco capitaneado por Gustav Schroeder.


Imágenes: Holocaust Memorial Museum de Estados Unidos.

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