• No somos nadie

Algo sobre fútbol

La persona que me contacta me invita a escribir algo sobre fútbol. La consigna no propone ninguna clave ni ningún género específico. No hay ninguna pista, me advierte y me empuja impunemente al famoso pánico que a cualquiera le produce una hoja en blanco que se tiene que llenar.


Pero mi sentido común me pone optimista y susurra: bueno, pero es sobre fútbol y el fútbol tiene que ver con todo. Y allí me pregunto, discutiendo con mi fuero interno, ¿en verdad el fútbol tiene que ver con todo? ¿realmente está en todo? Sepan disculpar pero yo no veo nada de eso en un montón de cosas.


Nada tiene que ver con, por ejemplo, los delirios del rey Herodes, la división de los núcleos atómicos, el juicio a Galileo, el deshielo de los polos, los médicos de la peste negra, el arte prerrománico, el suicidio de Romeo y Julieta, el guión de A Woman of Paris, la isla de plástico del tamaño de un subcontinente que flota en el pacífico, la germinación del poroto, las confesiones de una mujer adúltera o la sífilis mal curada que se llevó de este mundo a la mente más brillante del siglo XIX.


Por mucha voluntad que se aplique, es imposible encontrar, sin forzarla, una relación entre el fútbol y muchísimas cosas que existen en este universo y que nada tienen que ver con la práctica de esta disciplina. Sin embargo, también es cierto que el deporte rey, es rey, y por tanto se ha esforzado en expandir su zona de influencia en la mayor cantidad de aspectos de los tiempos que corren, al punto que los bordes se han vuelto tan difusos y entremezclados que no sabemos cuando es una cosa y cuando es otra.


El fútbol tiene que ver con la corrupción, la música, la guerra, el veganismo, los animales muertos, la política, la violencia, las fronteras, los sueños de los patriotas, las rutas, la arquitectura, la mentira, la posverdad, el alcohol, la legalización de la marihuana, el pobrismo, la aporofobia y el beso de tu abuelita que alguna vez te dijo “cuidate mi negrito” y te regaló 30 pesos de aquel entonces para que te alcance para la entrada en tu primer viaje de visitante. Digo esto y prefiero ni hablar de todos los adolescentes deprimidos que recurren a los estadios para olvidarse de sus vulgares y hormonales penas del corazón, siendo ésta y no otra, la inconfesable y principal razón de su apego a un equipo.


Eso sí, y por lo dicho anteriormente, todo esto no justifica en lo más mínimo a aquellos insoportables fanfarrones que no son capaces de hablarnos de otra cosa que no sea el balompié y los incontables sucesos que ocurren día a día en las ligas y copas más importantes del mundo (es decir, de occidente). Ante la presencia de estos funestos personajes, el resultado siempre es idéntico: toda charla en la que participan termina recayendo en el mismo tópico al punto de tornarse insoportables en su recurrencia, logrando que a su paso se vuelva imposible hacer algún tipo de alusión a este deporte sin correr el peligro de que el parloteo gire hacia un interminable y fastidioso monólogo.


Así como el fuego demanda oxígeno, la música requiere silencios y el arte del buen comer necesita de condimentos en la medida justa, es menester que el fútbol tenga un espacio razonable en nuestras conversaciones cotidianas. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en un asunto de mal gusto para cabezas monotemáticas.


Son justamente estas personas, silvestres pero dañinas, las que le hacen mal a nuestro amado deporte. Y nunca tendrán lugar en el cielo de bares y canchitas que predicó el artista rosarino. No por malicia, sino por imprudencia.


Por Pablo Nicolas Angulo

79 vistas