• No somos nadie

Cosas olvidadas, que vuelven desteñidas

Después de mucho, mucho tiempo. Recién ahora vuelvo a hablarte. ¡Que sensación al escucharte! Parece que fuera ayer.


El tango cosas olvidadas suena en la cabeza de Casildo con una claridad y fidelidad, que hasta puede notar el sonido a frituras que la púa deja al recorrer los surcos de aquel disco de pasta que su madre solía escuchar en el Winco.


Ya ves estoy mucho mas viejo. Y vos igual a aquellos días. Que tanto y tanto! Te quería . Ya nada queda, todo se fue


El ataque de tos lo saca de su duermevela, su rostro se desfigura en una mueca de infinito dolor. Con su mano mojada en sangre aprieta con fuerza el agujero de bala que tiene en el pecho, tratando de detener la vida que se le va a chorros cada vez que tose. A su lado Atilio, su colega y amigo, le pone su campera a modo de almohada.Los ojos hinchados , conteniendo un dique de lagrimas a punto de desbordarse.


Son cosas olvidadas. Esos viejos amores. Que al recordar tiempos mejores. Se van nublando nuestras miradas


Tendrían que cambiar la definición de la palabra música. Atilio se asusta al escuchar la voz de Casildo, hacia varios minutos que solo lo escuchaba reír y delirar.


Porque música no es solo el arte de combinar los sonidos como dicen los libros. La música tiene color, sabor y aromas, es un vehiculo que te puede transportar a determinados momentos de tu vida que no recordabas y que estaban guardados intactos y que un tema que suena en algún lado, vuelve a ponerte en ese dia, en es tiempo.


Quiere cambiar de posición pero el dolor lo hace desistir.


A veces sucede que estando en una reunión rodeado de gente que se divierte y conversa, escuchas aquella canción que alguna vez formó parte de tu vida y , por una fracción de segundo, por un instante no ves a la persona que te está hablando ni escuchas lo que te dice porque estás allá, lejos en el tiempo y tan cerca en el recuerdo y ves las cosas que sucedieron ese día como una película, hasta en los mínimos detalles y la ves a ella, a quien fuera tú mujer cocinando y cantando esta canción que hoy la trajo de regreso, y ves su vestido floreado y disfrutas de su perfume a lavanda y de su eterna sonrisa levemente torcida hacía un costado. Y de repente, como una pompa de jabón, con una explosión sorda se desvanece y te deja triste, con un vacío en el alma de saber que nunca mas la tendrás, que la perdiste, que se va a quedar allá ,en los arrabales de la memoria para se rescatada alguna vez por el recuerdo.


Atilio lo ve desmayarse de nuevo con una palidez de muerte y un temblor que sacude todo su cuerpo. No quiere dejarlo solo y se sienta a su lado en un triste anticipo de velorio, con un llanto incontenible que le brota desde el pecho y llora por la impotencia de no poder hacer nada por su amigo que se muere así, de esta forma.


Llora porque esta no era su muerte, no era el quien tendría que estar agonizando, con el rostro pálido y los labios temblando de frío, llora porque fue el quien lo obligó a venir, para que lo acompañara dejando la escuela en la que viven y enseñan en el monte, y caminar los quince kilómetros al baile de la parroquia en el pueblo.


Esta noche en la que se muere, en su delirio Casildo canturrea un tango y en su cara se dibuja una mueca parecida a una sonrisa.

Son cosas olvidadas. Que vuelven desteñidas. Y en la soledad de nuestras vidas. Abren heridas al corazón 


El baile de la parroquia está bien ornamentado, banderitas de colores, las bocinas de los parlantes alrededor de la pista, el piso de tierra recién regado, lamparitas de colores y la gente luciendo sus mejores galas, llenando de atenciones y de halagos a los maestros. La mejor mesa para ellos, una gaseosa y una cerveza acompañan a un plato con empanadas que les acercan con palmadas en el hombro y frases cariñosas.


En un costado de la pista  un joven peón de campo observa con odio y celos al maestro mas joven, no soporta que la mujer que l ama en secreto lo esté llenando de atenciones, los ve bailar y toma su vino tragando su veneno.


El joven maestro ajeno a todo se divierte, es su primer trabajo como docente, su primera vez lejos de su casa, se siente feliz inaugurando su independencia económica y baila dando rienda suelta a su alegría.

Hay en tu voz un dejo triste. De penas y melancolías. Y a su conjuro el alma mía. Se esfuerza por no llorar


Casildo en su delirio ve a su madre cantar mientras plancha una camisa y ensaya unos cortes de tango, balancea la pancha a carbón en el aire y con pequeños golpes libera a las brasas de las cenizas, se ve a si mismo de unos nueve año, mirándola con infinito amor y unos deseos incontenible de besarla, de fundirse en un abrazo con ella hasta hacerse una sola persona, ella canta cosas olvidadas y le guiña un ojo, y le regala esa sonrisa tan suya. Ve a ese niño que es el mirándola, amándola y conteniendose para no interrumpir su baile y siente envidia de ese niño, quiere gritarle que corra a sus brazos y le diga que la quiere... Pero no puede, es un espectador mudo de una escena que conoce y que esta grabado dentro suyo.

Baila' chitrulo! Le dice ella y le sonríe.


Es que a los dos nos hizo daño. Resucitar las horas muertas. Y el corazón abrió sus puertas. A la tristeza de recordar


Un temblor sacude el cuerpo de Casildo interrumpiendo e sueño y la canción, sin dolor alguno, sin frío en el cuerpo y lúcido, apoya u espalda en la cuneta del camino, Atilio lo mira asombrado sin decir palabra, se incorpora para ayudarlo pero Casildo lo detiene con un comentario que lo asusta. Cuando me desmaye nuevamente ya no voy a despertar, mi madre me llama y cuando llegue hasta ella no voy a soltarla mas.


Son cosas olvidadas. Que vuelven desteñidas. Y en la soledad de nuestras vidas. Abren heridas al corazón 


La caminata de regreso a la escuela está llena de comentarios de la fiesta, de lo bien que la pasaron. 


A lo lejos ven la figura de un hombre alumbrada por la semi luz del amanecer. Al costado del camino esta' la muerte esperando por ellos, son tres hombres a punto de enfrentarse a su destino. Todo paso' muy rápido, el llegar hasta ese hombre y que levante su mano armada apuntándole al pecho a Atilio. Todo sucedió en segundos, el interponerse entre el peón de campo y su colega paso' como en un sueño, luego el estampido ¡ Terrible! Golpeándolo en el pecho y haciéndolo retroceder algunos pasos, aturdido, el silbido agudo infinito llenandole los oídos... No sintió' el golpe al caer en el camino, tomándose el pecho mojado con su sangre, no vio a su matador soltar el arma y correr asustado al comprender lo que había echo. Todo paso como en un sueño, hasta que vino ella a rescatarlo del dolor bailando un tango.


Por David Francisco Burgo, desde Frías, Provincia de Santiago del Estero

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