• No somos nadie

Dos de abril de mil novecientos ochenta y dos

La última manifestación de trabajadores en plaza de mayo, pidiendo “paz, pan y trabajo” fue ferozmente reprimida por el gobierno militar. Eran cerca de cincuenta mil jóvenes. El 30 de Marzo de 1982..


Tan solo setenta y dos horas después, el país amaneció en guerra, y esos mismos que reprimieron eran aplaudidos en la misma plaza, colmada, impostados en una legitimidad que no tenían.

Un gobierno impuesto, llevo al país a una guerra, aplaudido por muchos de los que luego, no tuvieron otra opción que llorar, porque vieron irse a sus hijos, que eran los hijos de todos.

Los mismos civiles que pedían a gritos una solución mágica, de la mano de un gobierno militar, aplaudieron la guerra, vieron el mundial y se olvidaron de los héroes, no consideraron a los sobrevivientes, e hicieron invisibles a las mujeres.


La plaza de Galtieri.


La Capitulación del Conflicto del Atlántico Sur se firmó el 14 de Junio de 1982, el 12 de Julio de 1983 por las atribuciones conferidas por el Estatuto de Reorganización Nacional, Bignone, convoca a elecciones para el 30 de Octubre del mismo año.

La guerra acelero procesos, eso es algo que le debemos a todos los que estuvieron a la altura de las circunstancias, que un gobierno de facto ni siquiera rozo.

La vuelta del combate se produjo entre la indiferencia y el silencio, la desidia y la mala conciencia. Los escondieron.


A la gente que creyó que casi entraríamos triunfales en Londres, la ocupo el enojo, y prefirió el olvido, habíamos perdido, cuando creíamos, ingenuamente, que podíamos ganar una guerra, que de movida, tenía resultados cantados.


Enseguida aparecieron los indicativos desmalvinizadores, “ex combatientes, veteranos, ex soldados, los chicos de la guerra”, despersonalizando el dolor del ser humano que vivió la inenarrable experiencia de la barbarie de matarse entre pares.


En la memoria errática del argentino quedara la imagen de un nacionalismo de emergencia, con una mezcla de marcha militar, comunicado y neblina.


En 1982, los nombres femeninos eran, por estas latitudes, pocos, Margaret Thatcher como figura emergente, las mujeres que como en una campaña Sanmartiniana donaron sus joyas a la causa, las tejedoras de abrigos que nunca llegaron a abrigar y las maestras que hacían redactar cartas a sus alumnos, para los soldados, muchas de las cuales jamás le dieron aliento a nadie.



La guerra y sus circunstancias, fueron la herida más absurda, de una dictadura agonizante, que levanto por última vez su garra y dio el zarpazo final, en el lugar más doloroso, en el corazón de sus jóvenes soldados y sus familias.


Dictadura y guerra son palabras dolorosas, que no se borran irresponsablemente con un gol tramposo al enemigo hecho con la mano, en un partido de fútbol, se superan madurando y construyendo para la paz.

Lo políticamente correcto, ha sido tan relativo como cambiante, va de la mano del oportunismo. Superar la relatividad doméstica, es el gran desafío.


Asumir que la dictadura fue responsabilidad de todos como una búsqueda más de salvación mágica a los problemas, es un trabajo que implica sacrificios, y aun hoy los argentinos apuestan a otro tipo de salvaciones y poco trabajan por las soluciones.


El conflicto del Atlántico Sur, fue desde el gobierno ilegitimo de la dictadura, una apelación a la magia de la salvación y gran parte del pueblo argentino lo festejo.

La guerra, aun genera sentimientos encontrados, donde se mezclan ese patriotismo extraño de los argentinos, con ingredientes políticos, con mezquindades humanas, y en el caso de las mujeres protagonistas, olvido selectivo.


Se habla de batalla, porque el conflicto armado del 82 es, para los veteranos, una etapa del proceso de recuperación de la soberanía, que se completara con el camino diplomático.


Un soldado que volvió, permite resumir con sus palabras un pensamiento sobre el regreso.

El soldado veterano se llama Oscar Ledesma, con tanta luz y dureza, le dio a las cosas su nombre, y, las cosas en este país o cualquiera del mundo, solo son cuando se las nombra.


El veterano se suspendió en el pasado largo tiempo, mientras el sol seguía su empecinada lucha por prevalecer, y comenzó a sonar en su cabeza, lo que escuchaba de boca de todo el mundo, lo que ellos hubieran hecho si les hubiese tocado ir a la guerra, no teniendo el valor de confesar el alivio que sintieron de no tener que cargar la mochila y marchar al frente del combate, en donde las bengalas que iluminaban la noche, eran la celebración de un rito atroz de iniciación para aquellos que dejaban de golpe los sueños, y llenaban su bagaje de pesadillas absurdas y eternas. No sin antes pasar por el mismísimo infierno, del cual algunos, por más que lograron sobrevivir, las llamas los quemarían eternamente. En esa suspensión en el pasado, también hubo lugar para aquellos que festejaron a la dictadura la recuperación de las islas, se pasaron prendidos frente al televisor sufriendo las desventuras de la selección nacional, sin importarle un bledo la suerte del vecino de su barrio que nunca más pudo volver a gritar un gol, porque una bala lo silencio eternamente.”


Asumir la guerra como lo que fue, una tragedia provocada por un gobierno ilegitimo, no hace menos valientes a quienes lo fueron ni menos héroes a los muertos.


La memoria de la guerra son esos muertos, y la mejor manera de ejercer soberanía es completando la identidad. Sobre todo de aquellos a los que los propios, escondieron bajo otros nombres, como si fueran dictadores.


Alicia Panero

Autora de Mujeres Invisibles

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