Gays eran los de antes
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Gays eran los de antes

Hace un par de meses, Domenico Dolce y Stefano Gabbana, integrantes de una famosa pareja homosexual (famosa por haber fundado la marca que lleva sus nombres), sorprendieron al mundo. Hicieron una enfática defensa de la familia tradicional, se opusieron a la adopción gay e incluso a que parejas como ellos tengan la posibilidad de engendrar hijos en vitro. Aclararon que todo niño tiene derecho a tener padre y madre. “La familia tradicional conformada por papá, mamá y los hijos es una moda que no pasa”, dijeron estos hombres, dando un paso más allá en su contienda con el lobby gay.


“La familia no es una moda pasajera. En ella hay un sentido de pertenencia sobrenatural”, explicó Stefano Gabbana. Domenico Dolce, por su parte, dijo: “Nosotros no hemos inventado la familia. La ha convertido en un icono la Sagrada Familia. Y no es cuestión de religión o estado social: tú naces y hay un padre y una madre. O al menos debería ser así. Por eso no me convencen los hijos de la química, niños sintéticos. Úteros en alquiler, semen elegido de un catálogo. Y luego vete a explicar a estos niños quién es la madre. Hay cosas que no se deben modificar. Una de ellas es la familia”. Palabras que hoy suenan como dinamita en boca de un gay.


Estas declaraciones les costaron a los famosos diseñadores una montaña de insultos y ataques en las redes sociales, por parte de la comunidad LGTB y de todos los sectores de lo que puede denominarse la “corrección política”. Nada tan previsible como esos ataques, pues lo que han dicho Dolce y Gabbana nos retrotrae al tiempo en que la homosexualidad era sencilla y tranquilamente sólo eso: una orientación, una preferencia, una inclinación de una persona en su vida íntima. No una militancia y una ideología.


La homosexualidad ha existido y existirá siempre, y algunos genios como Oscar Wilde y Alan Turing fueron martirizados hasta la muerte por esa condición. Y es por ello muy bueno que la humanidad haya entendido por fin que nadie debe ser perseguido por los actos de su vida privada.


Antes (diríamos ayer, esta mañana, en el siglo veinte que parece tan lejano), la homosexualidad no iba acompañada de una ideología. Un gay (palabra relativamente nueva) o una lesbiana podían ser un hombre o una mujer con ideas de izquierda, de derecha, de centro, o absolutamente desentendidos de las cuestiones políticas. Además, y no sé por qué, generalmente eran individuos de una cultura superior a la media normal, se manejaban con perfecta discreción y no hacían proselitismo de sus gustos de alcoba.


Los homosexuales de hoy nada tienen que ver, al menos en la mayoría visible, con los de hace veinte años. En cierto modo, puede decirse que muchos de los actuales son “homosexuales de laboratorio”, productos de un modelo que se vende bajo la etiqueta de la “tolerancia”. Es interesante advertir, en ese sentido, que el feminismo promueve la “lesbianización” como una bandera de lucha contra “el patriarcado”, en lugar de defender, simplemente, el derecho a la intimidad.


En este tiempo tan extraño que nos ha tocado vivir, parece sobreentendido, y hasta obligatorio, que un homosexual, más que una persona con una vida privada tan intocable como la de cualquiera, debe ser el militante de un “colectivo”, casi de un partido político. Se presume –y la realidad se encarga frecuentemente de confirmar esa presunción- que el gay actual es abortista, feminista, antirreligioso, pro ideología de género y enemigo de la familia tradicional.


Por eso las declaraciones de estos dos italianos estallan como una bomba en un mundo narcotizado por el adoctrinamiento en “género”.


Dolce y Gabbana sencillamente nos están recordando que la homosexualidad es nada más que una forma de vivir la intimidad. No son –y no tienen por qué ser- “homosexuales militantes”.


Por Daniel Gentile, periodista y locutor

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