• No somos nadie

Instalación de un discurso falaz

Actualizado: 2 de sep de 2019

¿Cómo llegamos hasta acá?


Cuando comenzamos a leer en los medios los dichos y mensajes de los dirigentes y seguidores de Cambiemos podemos observar cuantiosas coincidencias en el discurso como si un eje rector entrelazara a todos desde una usina de pensamiento único desde el líder hasta el último seguidor. Sin dudas es una estrategia finamente pensada para influir en una sociedad que prefiere confiar en los epígrafes, titulares y mensajes fabricados para obtener un fin que no es precisamente la verdad sino medias verdades, frases sacadas de contexto y falacias de todo tipo priorizando las ad hominem, pero es mucho más de eso. Todo fue originado entre especialistas y sabían lo que hacían.


Entre las características del discurso político de Cambiemos, cabe señalar dos fundamentales: el profuso empleo del eufemismo y la metáfora, para construir un repertorio de sub códigos identitarios de la fuerza política, que desplazan los significados originales de las palabras sustituyéndolos por otros, en general, opuestos a aquellos, y la violencia simbólica dirigida a inculcar odio y desplazar las culpas de todos los problemas existentes hacia el “mundo K”, indisolublemente ligado al vocablo “corrupción”. El slogan “se robaron todo” naturalizado como sentido común (sin explicar qué se robaron, quienes, dónde, cómo, cuándo, a quienes) cumple la función de un mito aglutinante, entre ellos el del Enemigo Interno Identificado (EII), constituyen recursos semántico-políticos utilizados por algunas democracias débiles...


Fue de esta forma como el armado de un relato único fue dirigido estratégicamente a un público que en 2014 fue sabiamente “educado” desinteresadamente pero luego cautivo de ese mismo discurso donde hoy asoma el fanatismo guiado y coordinado por los bien llamados troll que son los encargados de instalar tendencias y contenidos.


Así es como los fanáticos moldeados por este sistema de elaboración del discurso creen estar en posesión de la verdad, cargan su pensamiento de odio para compensar su falta de racionalidad. Esto supone un ahorro de energía psicológica porque no requiere de ningún trabajo intelectual (no se ponen en cuestión las ideas), de alguna forma elimina la incertidumbre, ofrece seguridad y proporciona el apoyo emocional del grupo.


En general se observan en la conducta del fanático


· Ideas sobre valoradas y con estilos de pensamiento tendentes a reducir informaciones complejas a elementos simples como la adhesión inquebrantable a una idea, intolerancia al cambio y Visión unilateral de la realidad.

· Formación intelectualmente elemental con un pensamiento dicotómico a nivel cognitivo (las ideas o las personas son buenas o malas), a nivel emocional (empatía solo con el endogrupo) y a nivel moral (valores compartidos solo con el endogrupo).

· Incapacidad de trascender su sistema de valores o creencias, hipervaloran lo propio y desprecian lo ajeno

· Creer a toda costa algo increíble (imposible creer que aquel a quien siga tenga una mancha en su actividad, no creen, niegan protegiendo sus estructuras). Uno no es fanático ante lo evidente, sino a lo que escapa a la racionalidad. Por ello, hay personas inteligentes y racionales en diversas facetas de su vida, pero que, en cambio, pueden ser fanáticas en otras, como en la religión o en la política, que calman sus ansiedades personales.


Si las personas se sienten víctimas de una agresión exterior, la única solución puede ser la acción directa y violenta. En estos casos el adversario se convierte en enemigo y se le niega su propia naturaleza como sujeto portador de derechos (nuevamente la negación). De este modo el fanático pasa de la indiferencia al desprecio y del desprecio al odio (Baca, 2003).


En todos los casos, los fanáticos precisan la presencia de un enemigo externo, al que atribuyen todas sus frustraciones (transferencia de todo lo que necesita creer), como factor fundamental para conformar una identidad propia y generar una cohesión grupal. Ese es el caldo de cultivo en el que germinan las semillas del odio, que pueden conducir a la venganza y a la violencia. El grupo genera asimismo un contagio emocional. Así, sus miembros muestran una mayor tendencia a adoptar decisiones arriesgadas porque el riesgo se percibe como compartido y, por tanto, como menos amenazador.


En la mayoría de los casos se observa un fanatismo violento a partir de una creencia victimista que sirve de aglutinador de un grupo (nos robaron) a partir de la cual hay una identificación emocional de cada sujeto con la creencia y con el grupo; (nos va mal porque nos robaron) que refuerza la homogeneidad grupal mediante la creación de un enemigo exterior, que puede ser una amenaza para el grupo propio; (que se vayan todos, no vuelven) donde ese enemigo no es de los nuestros ni siquiera es “humano” como nosotros y a quien hay que destruir en defensa propia. (vuelven para vengarse, vamos a ser Venezuela)

Un sistema de creencias victimistas genera mucho fervor, cristaliza esperanzas y funciona como una droga cultural. En resumen, entre los componentes de la violencia figuran el odio, el fanatismo, la glorificación de la violencia y la mentalidad sectaria (Lázaro, 2013).


A efectos de protegerse de los sentimientos de culpa y de conseguir una inmunidad emocional, los fanáticos distorsionan la realidad, atribuyen sus frustraciones a los demás, deshumanizan a las víctimas, considerándolas como un mero obstáculo que se interpone en la consecución de sus ideales, y legitiman con ello su conducta destructiva, a modo de imperativo moral.


Encuentran en el grupo y su mente colectiva un elemento de primer orden para no asumir culpa alguna. El grupo llega incluso a dotar de significado existencial a sus miembros. Formar parte de un movimiento extremista tiene recompensas, como sentir emoción y aventura, sentimiento de camaradería y un alto sentido de la identidad.


Pertenecer a un grupo que manipula emociones, destruye la individualidad y los lazos afectivos con el entorno y deshumaniza al adversario es un elemento clave en la radicalización fanática. Lo que el grupo ofrece es la materialización de un sueño, la búsqueda de aventura y la gloria inmediata. Así, hacer daño a los enemigos puede convertirse en un deber. El grupo puede convertir el acto de practicar la violencia en algo rutinario. Vengar las humillaciones es un acicate poderoso.


El fanatismo conlleva terribles efectos secundarios, limita la libertad, empobrece el psiquismo, incomunica, limita la autocrítica y el afán de superación, reduce la riqueza de matices de la vida y en muchos casos desemboca en la negación de la dignidad humana del otro.


De por sí, nadie nace odiando. La transmisión generacional de las creencias extremistas se inicia a edades tempranas con un fuerte sentimiento de victimización, que justifica la violencia por el bien de una causa moral superior (Baron-Cohen, 2012).


De esta forma…el bloque de poder dominante, no sólo trata de imponer un profundo cambio en las relaciones –“materiales”- de poder social y económico sino también una mutación cultural. La alteración del orden simbólico existente y su sustitución por otro pre fabricado por expertos en marketing, son operaciones intrínsecas a la barbarie del proyecto que procura imponer, cuya destructividad despiadada se erige en paradigma de virtud.


Nada, entonces es fortuito ni inocente. Cuánto tiempo va a llevar al involucrado en este proceso de entender que fue instrumento cruel de un equipo de especialistas que sabían bien lo que hacían sin importar las consecuencias. Hoy nuestro presidente quiere pacificar y terminar con la grieta. Aquel mismo que le dio inicio.


Por Licenciada Sophia Parra

Referencias

Susana Velleggia Socióloga. Especialista en Comunicación Educativa. Directora de Cine y TV. Creadora y Directora del Festival Internacional de Cine Nueva Mirada para la Infancia y la Juventud. Fue docente Titular de la UNER y miembro del Directorio de TV-UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Investigadora y ensayista

Baca, E. (2003). La construcción del enemigo. En E. Baca y M.L. Cabanas (Eds.), Las víctimas de la violencia (pp. 13.28). Madrid: Triacastela. Baron-Cohen, S. (2012). Empatía cero. Nueva teoría de la crueldad. Madrdid: Alianza.

Echeburúa, E. y Corral, P. (2004). Raíces psicológicas del fanatismo político. Análisis y Modificación de Conducta, 30, 161-176.

Lázaro, J. (2013). La violencia de los fanáticos. Madrid: Triacastela

102 vistas2 comentarios