Historias con Música
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Historias con Música

Actualizado: 21 de dic de 2019

Que uno de los más grandes historiadores del siglo XX reparara en la magnitud de una cantante de jazz contemporánea a él, no resulta demasiado extraño. Más bien, la sensibilidad para percibir la experiencia de vida que se ocultaba detrás de la cortina de fama, da cuenta de la empatía característica de Eric Hobsbawm, empatía que supo cultivar, también, para con los invisibilizados del pasado.


En su necrológico publicado a razón del fallecimiento de Billie Holiday, se aprecia una necesidad, nacida de su trabajo académico, más que de su fanatismo por el jazz. La necesidad de dar cuenta de la vida de los hombres y mujeres en toda su complejidad.


“Billie Holiday murió hace unas pocas semanas. No he podido escribir sobre ella hasta ahora, pero, dado que perdurará más que muchos que son objeto de notas necrológicas más largas, un breve retraso en un pequeño reconocimiento no nos hará ningún daño, ni a ella ni a nosotros.


Cuando murió nosotros – los músicos, los críticos, todos los que alguna vez quedamos hipnotizados por la voz más desgarradora de la generación precedente – nos sentimos profundamente apenados. No había razón para ello. Pocas personas buscaron la autodestrucción con más entusiasmo que ella, y cuando la búsqueda tocó a su fin, a la edad de cuarenta y cuatro años, se había convertido en una ruina física y artística.


Algunos de nosotros intentamos galantemente fingir que no era así y nos consolábamos con los momentos esporádicos en que todavía sonaba como un eco apagado de su grandeza. Otros no tenían ánimo para seguir viendo y escuchando. Preferíamos quedarnos en casa y, si éramos lo bastante viejos y afortunados para poseer los discos incomparables de sus mejores tiempos, de 1937 a 1946, recrear aquellos sonidos ásperos, sinuosos, sensuales e insoportables, que le proporcionaron un rincón seguro en la inmortalidad. En todo caso, su muerte física era motivo más de alivio que de dolor. ¿Cómo hubiera sido su madurez sin la voz con la que ganaba dinero para sus copas y sus dosis, sin la belleza con que atraía a los hombres que necesitaba, sin sentido comercial, sin nada excepto el culto desinteresado de hombres envejecidos que la habían visto y oído en sus años de esplendor?


Y, pese a ello, por irracional que resulte, nuestro dolor expresaba el arte de Billie Holiday, el de una mujer por la cual había que sentir pena. Poco hay que decir sobre el horror de su vida. Tras una adolescencia en la cual el amor propio se media por la insistencia de una chica en recoger con las manos las monedas que le arrojaban los clientes, resultó obvio que no tenía remedio. No le faltó ayuda, pues contó con los mejores músicos de los años treinta para acompañarla, la devoción sin límites de todos los verdaderos entendidos, y gran éxito de público. Era demasiado tarde para poner freno a una carrera de autoinmolación sistemática, amargada. Nacer con belleza y dignidad en el gueto negro de Baltimore en 1915 era un inconveniente demasiado grande, incluso sin la violación que sufrió a los diez años ni la adicción a las drogas en la adolescencia.


Pero, mientras se destruía a sí misma, cantaba, discordante, profunda, desgarradora.


Es imposible no llorar por ella. O no odiar el mundo que hizo de ella lo que fue.”1



1. Eric Hobsbawm, Gente poco corriente. Resistencia, rebelión y jazz, Barcelona, Crítica, 2013, p. 272.


Por Nico Moretti

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