• No somos nadie

La mirada de un escritor periférico

Victor del Árbol estudió Historia en la Universidad de Barcelona y trabajó diez años para el cuerpo de los Mossos d'Esquadra, dependientes de la Generalitat de Catalunya.


En lo literario, del Árbol se dio recibió el prestigioso Premio Tiflos por la novela La tristeza del samurái, una de sus obras más conocidas.


Traducido a más de diez idiomas, del Árbol ha recibido también premios fuera de España, siendo ganador de galardones en Francia como el Prix du Polar Européen o el Quercy Noir.


En 2013 publicó Respirar por la herida, a la que siguió en 2014 la que parece su obra más ambiciosa, Un millón de gotas, en la que además de una notable historia criminal une la historia de los españoles en la Unión Soviética bajo el dominio de Stalin. En 2015 resultó ganador del Premio Nadal por La víspera de casi todo.


En 2018 del Árbol fue nombrado Caballero de las Letras y las Artes de la Academia Francesa, convirtiéndolo así en el segundo español, después de Arturo Pérez-Reverte, en recibir esta distinción.


Hoy, generosamente nos enorgullece publicar sus palabras en No Somos Nadie, con la humildad de los grandes, Victor sigue respondiendo mis mensajes como en 2009 y hoy me dijo: “Todo es mirada querida Alicia, sin nostalgia, pero sin olvido”


Una gran escritora española, y amiga a la que aprecio, Rosa Montero, escribe en su novela titulada La ridícula idea de no volver a verte, a propósito de la infancia: “La niñez es un lugar al que uno no regresa pero que en realidad no abandona jamás” Creo que es una frase cierta y sabia, como lo es la definición que hace de la infancia Gilbert Chesterton en Las aventuras formidables del Mayor Brown: “La infancia, esa época divina en la que uno puede entrar en la piel de un personaje imaginario, ser su propio héroe, bailar y soñar al mismo tiempo”...¿Por qué empiezo esta cuarta y última conferencia con estas citas? Porque creo que lo que se siembra en la niñez tiene profundas raíces.


En el relato mitológico que es toda vuelta al pasado yo suelo decir que quería ser escritor desde que era muy pequeño. Lo he repetido tantas veces que he llegado a convencerme de que así era. Pero, sinceramente, ya no estoy tan seguro. De lo que sí estoy seguro es de mi imaginación, que ya en mis primeros años me permitía vivir muchas vidas, todas mejores que la que, entonces, yo tenía. Una imagen absolutamente cierta y clara me define en aquellos años fundacionales de la identidad: estoy sentado en la ladera de una colina que huele a pinaza, la resina de los pinos se ha quedado pegada a mis pantalones porque he trepado hasta lo alto para coger unas piñas. Mientras rompo esa piña con una piedra para comerme los piñones (el hambre forma parte de mi infancia) observo a mis pies la ciudad de Barcelona que empieza a iluminarse al caer la tarde. Tengo seis o siete años, y estoy muy preocupado: he estropeado el mejor pantalón que tengo y sé que mi madre va a castigarme, sé que va a ser muy dura. Anticipo el castigo y sé que voy a sufrir. Por eso retardo el momento de volver a casa, aunque sé que eso solo lo empeorará todo. Por eso, por miedo, estoy sentado en la ladera de la montaña...Y entonces ocurre algo maravilloso: mientras observo las luces, los edificios, la ciudad tan lejana y al mismo tiempo tan cerca, empiezo a imaginar cómo es la vida de esos millones de personas que están ahí abajo, qué historias ocurren detrás de las ventanas que se iluminan. Invento sus aventuras, sus deseos, sus avatares. Y voy un poco más lejos, imagino que soy uno de ellos, que vivo fuera de mi barrio violento, de chabolas y ratas, de inundaciones y coches que arden por la noche. Puedo ser cualquier cosa, puedo estar en cualquier parte. Ellos, los que están ahí abajo no saben que soy como un pájaro curioso que les observa y les inventa. Cuando me doy cuenta ya es casi de noche, ha pasado mucho rato, pero el miedo a lo que me espera en casa ha desaparecido.


Años más tarde, convertido ya en escritor profesional —aunque no me gusta nada esa definición—le conté esta misma anécdota a uno de mis mejores amigos, un hombre bueno y sabio que siempre me da buenos consejos, aunque yo no siempre los siga. Yo acababa de ser nombrado Caballero de las Artes y las letras en Francia, me había recibido la ministra de cultura francesa pero en la prensa española apenas se habían hecho eco de algo tan importante para mí. Supongo que me quejaba amargamente de esa cultura refractaria que rechaza como sospechoso a todo aquel que no forma parte de una escuela estética, de un lobby de opinión, o de un familia literaria en España. Estaba harto de ser catalogado una y otra vez como un escritor de polar, como un escritor menor por esos grupos de opinión. Mi amigo me escuchó pacientemente y cuando cesé en mis quejas sonrió y me dijo algo que no he olvidado: “Víctor, tú eres y siempre serás un hombre periférico, un escritor periférico. Como aquel niño en la falda de la montaña”.


He tardado mucho tiempo en comprender qué significa eso. En darme cuenta de que esa es, precisamente, mi virtud. Porque en realidad, más allá de la mitología biográfica...¿Quién soy yo? Quién es Víctor del Árbol?


En nuestra época, la imagen privada y la imagen pública están permanentemente en conflicto, vivimos de aquello que los otros construyen de nosotros, nos forjamos un personaje —el del escritor, el del intelectual—a través de las redes sociales, a través de las opiniones de los demás. Y esa verdad se vuelve unívoca e única. Pocas personas tienen la voluntad, el coraje y el deseo de ir más allá de esas apariencias para conocer la verdadera verdad —siempre conflictiva—de una persona, la persona tras el personaje. Cuando yo trabajaba en la Policía, era evidente, todo el mundo esperaba de mi un comportamiento profesional, que fuera capaz de poner distancia emocional entre los hechos y los sentimientos que esos hechos provocaban en mi espíritu. Nadie estaba dispuesto a considerar que yo también era una persona, y no una máquina, y que por tanto todo a lo que yo debía enfrentarme en mi trabajo afectaba a mi visión de la Humanidad, de la Justicia, del Poder, de la sociedad. Yo debía guardarme mis opiniones y mis sentimientos.


Era, curiosamente, a través de mis novelas donde, no solo se me permitía, sino que se me exigía, mostrar esas emociones, desbordarlas, explorarlas. En mis primeras novelas, cuando todavía trabajaba en la policía, yo expresaba todas las contradicciones que acumulaba en mi interior.


Paradójicamente, todo el mundo daba por supuesto que solo podía escribir novelas policíacas. Es una suposición ridícula, como si se esperase de un panadero que escriba novelas sobre su manera de hacer pan. En esas primeras novelas yo exploraba mi visión periférica de la Historia, con “H”, la visión de alguien que siempre fue testigo y víctima de los acontecimientos de mi país pero nunca protagonista. Hablaba de los grandes temas que me importaron siempre, la infancia robada, los maltratos conyugales, la lucha obrera, la disputa entre la mezquindad y la dignidad. Vertía ya en esas primeras páginas poemas de la adolescencia, lecturas secretas de Dostoieski, Camus, Steimbeck, Miguel Delibes, Herman Hesse (ellos, los escritores, eran mis amigos secretos, los más fieles, los que siempre mal hablaban en la oscuridad, leyendo a escondidas libros que no siempre comprendía desde que tenía doce, trece, catorce años)...Ya aspiraba entonces a lo absoluto, al arte con mayúsculas, a las grandes verdades...Pero solo era el policía que escribía novelas, una curiosidad, un tipo peculiar salido de la Barcelona periférica, invisible, ex seminarista, ex locutor de radio, ex viajero por Centro América. Por imprudencia, por ingenuidad, fueron desvelándose algunos detalles de mi vida anterior, la vida en el barrio, los conflictos familiares, la historia de mis padres...Anécdotas y más anécdotas, con un toque exótico que alejaba el verdadero sentido de lo que yo quería hacer, transmitir. Durante años tuve que responder a este tipo de cosas y, me temo, lo seguiré haciendo hasta el final de mis días. Poco a poco, y sin que yo pudiera evitarlo, el personaje se iba comiendo al hombre, al escritor.


He tardado 15 años y ocho novelas en conseguir dejar de ser el policía que escribe novelas para ser el escritor que una vez fue policía. Algo hemos ganado. Pero eso solo ha sido posible porque, en algún momento, y creo que ese momento fue cuando gané el Premio Nadal con la Víspera de casi todo, dejé de huir de mi pasado, de mi infancia, y empecé la búsqueda decidida del hombre y del escritor que soy. Esa dicotomía, esa cuestión fundamental, huir de algo o buscar algo, ha marcado un antes y un después en mis obras. Como autor, comparto con cada uno de mis personajes la necesidad de no conformarme con aquello que se espera de mi. Esa postura de rebeldía vital consiste en rechazar sistemáticamente la inercia de los hechos y la inercia, mucho más peligrosa para un escritor, del éxito. Era fácil y tentador ser ese escritor policíaco, alimentar el personaje de las mil vidas vividas, olvidarme de una vez por todas de aquel niño que miraba desde la colina un mundo del que jamás formaría parte. Podría haber sucumbido a la pereza y repetir la fórmula estética de Toutes les vagues de l'ócean o de La Tristesse du samourai, historias que me consagraron a nivel mundial. Rehacer una y otra vez el mismo libro hasta convertirme en una caricatura de mí mismo...Y sin embargo, yo sabía que debía atreverme a ir más lejos, adentrarme en un mundo más resbaladizo, peligroso; el de la intimidad, el de las contracciones, el de la oscuridad apenas arañada por un zarpazo de luz.


¿Por qué hacer algo así? Simplemente porque un libro es una puerta que se abre a todas las posibilidades. Y aquel que abre esa puerta pero no se atreve a cruzarla traiciona su talento y se vuelve egoísta. Y la literatura es, por encima de cualquier otra consideración, un acto de generosidad. De esa decisión, de ese acto de generosidad, nacen novelas como Par-delà la pluie o cuentos como Las palomas de Paris (solo publicado en francés). Un acto de generosidad y un arte en sí mismo, porque el libro no siempre fue un objeto comercial de consumo masivo.


Desde los principios de la escritura, el libro ha estado asociado a un conocimiento casi sagrado, reservado a los iniciados. Hasta el punto de que, antes de la imprenta, los copistas eran considerados artesanos y artistas extremadamente cuidadosos con su trabajo y muy cotizados. La escritura en sí misma era un ejercicio artístico de altísima consideración, solo hay que ver, por ejemplo, el fabuloso arte decorativo caligráfico en las culturas orientales. En Occidente, los libros de las Sibilas son un precioso recopilatorio de los oráculos que consultaban los sacerdotes en Roma, libros celosamente guardados y que solo dichos sacerdotes podían interpretar. Cuando Lutero decide traducir al alemán la Biblia transforma el mundo cristiano occidental. Es un acto político de primera magnitud, y también es un gesto trascendente de enorme significado, pues acaba con el monopolio de Dios por parte de la Iglesia Romana y lo entrega a la sociedad entera. A lo largo de la Historia podemos encontrar muchos otros contextos culturales donde el libro se reafirma en sus claves existenciales: La Gran Enciclopedia y la Ilustración, el tratado político de Maquiavelo, los poemas de Dante, el Decámeron de Bocaccio... Es fascinante el combate perpetuo del hombre contra la oscuridad y el oscurantismo, el deseo de saber y el anhelo de libertad individual y colectiva. Los libros son la crónica de esa lucha sin fin. Tal vez, una de las novelas que lo demuestra de manera más emocionante sea “El nombre de la Rosa” de Umberto Eco, novela filosófica, histórica y por cierto, novela policíaca.


Es esa vocación y esa pasión, esa necesidad incompleta, la que me hace amar la lectura, la misma que siendo muy niño me empujaba a pasar las horas en la pequeña biblioteca de mi barrio. Allí donde no había nada, había libros y esa fue mi salvación. Como Jules Renard, cuando pienso en todos los libros que me faltan por leer, me embarga la sensación de que seré feliz. En cambio, cuando me pregunto cuántos libros me quedan por escribir, me embarga una lejana angustia, puesto que, como Gabriel García Márquez, yo también pienso que el escritor lleva dentro un número de libros que dar al mundo y que después ha de llegar el silencio. Es por eso que cada historia que decido contar me importa tanto, es por esa experiencia de la finitud que elijo cuidadosamente las palabras que plasmo en un papel. Y digo bien, papel, porque yo escribo mis novelas a mano. Y lo hago porque a través del esfuerzo manual veo crecer el volumen físico de esa acumulación de frases, adverbios y adjetivos y comprendo lo ingente de mi objetivo.


Dice el refrán que las palabras se las lleva el viento mientras que lo escrito perdura. Por tanto yo debo ser fiel a mi oficio. Ese dicho popular sella un pacto de fidelidad entre el escritor y el lector. Y conlleva una tremenda responsabilidad de la que soy consciente en todo momento. La literatura tiene derecho a ser cualquier cosa, como expresión máxima de libertad, pero entre sus muchas cualidades no se encuentra la inocencia. Un libro sin intención no es un buen libro, y un escritor sin esa intención, sin esa conciencia de su oficio, no es un buen escritor. Desde luego, como escritor soy consciente de mí subjetividad y no trato de imponerla, solo pretendo mostrarla. Yo no tengo casi ninguna respuesta, solo tengo preguntas. Me veo a mí mismo como un espejo que envía el reflejo evolutivo del lector, me contento con provocar la sorpresa del lector, cuando descubre facetas de sí mismo desconocidas hasta entonces en mis libros. Ese estado de trascendencia que nos permite vernos desde fuera, con una visión periférica, diferente. Comprendo y acepto la responsabilidad que me incumbe al tomar la palabra, no solo al escribir un libro y ser leído. Y si lo hago, es porque creo que hay algo positivo en ello, algo nuevo, que puedo aportar a los demás. No es un ejercicio narcisista, en contra de lo que se pueda pensar; se trata de acercarse a lo absoluto con la humildad de quien nada sabe y solo espera entender. Hay una gran felicidad en esa postura de aceptar ser pequeño frente a la grandeza, la certeza de que cada vez descubriré algo nuevo. Quien no sabe escuchar no puede aprender. Y un escritor escucha el latido del universo.


Dije en una ocasión que, como escritor y como hombre, busco lo Absoluto. Las reglas en el caos, la certeza en la incertidumbre, lo posible en lo imposible. A lo largo de mis cincuenta años he buscado esa luz en la religión, en la justicia de los hombres, en las experiencias viajeras por el mundo, en el amor y en la soledad y el aislamiento. Y puedo decirles, sinceramente, que solo me he acercado un poco a esa Verdad gracias al Arte, a la música, a la pintura, y desde luego gracias a la literatura. Sea a través de un libro de ficción o de un ensayo, un libro de Historia, de Teología, de Ciencias Políticas, un poemario, una pieza de teatro, el amante de los libros sabe encontrar en cada momento la voz que necesita escuchar. No todo el mundo necesita emocionarse hasta el llanto cuando Faulkner dice en su novela Mientras agonizo “Mi madre es un veneno”. No todos necesitamos concluir la lectura del Ulises de Joyce, ni siquiera hay que sentirse mal por no haber leído al menos los tres primeros capítulos de El Quijote...Y sin embargo, quien lo hace, encuentra con el tiempo una emoción que es muy difícil de explicar. Un libro no solo desarrolla nuestro imaginario, construye nuestra mirada frente a nosotros mismos. Los libros no son parte exógena de nuestra realidad, forman parte de ella, incluso de aquellos que no han leído nunca un libro. Porque su vida también está teñida de relatos.


He dicho antes que aspiro al absoluto. Esa gravedad conlleva mi propio fracaso como escritor. Yo ya no compito con los demás escritores, no aspiro a emular a los grandes maestros, no pretendo alcanzar aquello que podríamos considerar éxito, reconocimiento, ventas millonarias. Esa lucha la abandoné hace mucho tiempo, en cuanto comprendí que lo único que está en manos del escritor es su propia obra, no lo que suceda con ella. Ahora ya solo lucho contra mis limitaciones, contra mi propia imposibilidad que me impide acceder a ese absoluto aunque a veces lo intuya en una frase, en una imagen, en una palabra. Entre mi pensamiento y mi escritura hay una distancia infinita que aspiro, libro tras libro, a acortar, hasta que llegue el día en que esa fuga de ideas y emociones sea la menor posible. Tal vez eso se parezca a la honestidad. Tal vez solo pretenda ser el mejor escritor que puedo ser.


Comprender el mundo en lo más sombrío, descender hasta esa oscuridad absoluta, sumergirse en la tristeza y explorar los territorios del dolor, tomar la medida de la crueldad humana, buscar las raíces del sufrimiento...La literatura nos toma de la mano y nos conduce al fondo de la caverna, allí donde solo hay sombras y un tibio reflejo de luz exterior. Como Platón, yo también quiero salir fuera, pero necesito entender por qué somos capaces de construir nuestra propia cárcel, por qué elegimos las cadenas. Y sé que puedo descender a lo más profundo porque tengo la convicción de que incluso en la oscuridad más absoluta el hombre no pierde la esperanza. Sé que estamos hechos para la vida y no para la muerte. He aprendido a guiarme a través de la ambigüedad y la contradicción de nuestra naturaleza. A ir más lejos de la simple recreación de lo terrible, como Conrad en El corazón del las Tinieblas. A través de mis libros, intento releer la historia de la España franquista, las heridas de la Guerra Civil, las deudas con el pasado que nunca pasa, contemplo la transmisión de la culpa de generación en generación, el mecanismo por el que las utopías se vuelven distopías y los verdugos víctimas y las víctimas verdugos. He visitado en mis novelas Rusia y sus Gulags, la guerra de Argelia, la dictadura Argentina, la dictadura Chilena. Un mundo de violencia desatada, donde la civilización ha desaparecido y el ser humano se muestra liberado de cargas éticas, legales o morales. No se trata únicamente de mostrar la violencia institucional; la violencia íntima está igualmente en el corazón de mis libros, que escrutan si piedad y sin concesiones las repercusiones de las tragedias históricas sobre los hombres y mujeres corrientes. No hay grandes héroes en mis novelas, no existe ningún Aquiles. Todos son mortales, todos se equivocan. Todos sobreviven y se juzgan. Ninguno de mis personajes es claramente bueno o malvado: solo los niños muertos permanecen inocentes.


El corazón de mis personajes canta a la memoria, al olvido, a la felicidad efímera que debemos preservar como un milagro improbable. A veces esa felicidad se refleja en las citas musicales, en los cuadros que aparecen, en los poetas cuyos poemas se citan, como Juan Gelman, Milton, Panadero, Rimbaud, Machado, Lorca...El arte hace mejor a mis personajes de lo que son en realidad. Estos temas no son originales, lo sé. Existe una larga tradición de novela realista de posguerra y a partir de los años 70 en España. Vazquez Montalbán, Eduardo Mendoza, Ana María Matute, todos ellos abundan en un género que habla de corrupción, de crisis de identidad, de esa especie de bipolaridad que sufre la sociedad española, siempre oscilantes entre la razón y el instinto.


Creo firmemente en la cultura en su más amplio sentido como mecanismo de cambio en el paradigma humano, creo que a través de la lectura podemos construir una realidad que hoy nos parece utópica, una sociedad más justa en el sentido literal de la palabra, capaz de dialogar, superar las barreras lingüísticas, las diferencias culturales, superar nuestro pasado histórico y construir una verdadera república de las letras. Ojalá llegue el día en que Europa sea una realidad en la que cada europeo se reconozca. Para que ello sea posible, ustedes y yo tenemos una responsabilidad mayor. Una cultura elitista solo alimenta a una élite, pero jamás tendrá el poder de transformación al que aspiramos si no lo dotamos de generosidad. Compartan ustedes sin prejuicios su saber, convenzan al mundo de que no todo está perdido. Cada uno de nosotros puede ser una gota entre un millón de gotas. Sean generosos con su saber, hagan que se propague.


Por Víctor del Árbol

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