• No somos nadie

Cementerio de Darwin: una mujer y una cruz.

Actualizado: oct 21

Calor de verano en Córdoba, es 15 de noviembre de 2019. Atiendo el teléfono al bajarme del avión, son las siete de la mañana.

Llegaba de la Cuidad de Buenos Aries, llama Miguel Claria de Cadena 3 de Córdoba. El anuncio de la identificación del Teniente Juan Domingo Baldini, en el cementerio militar Argentino de Darwin, era la noticia. Yo estuve allí, invitada por su primo Jorge Marcone.


El día anterior, muy temprano, entrabamos, la familia, todos primos, unos camaradas del Ejército, las autoridades correspondientes, y quien escribe, a la Ex Esma, a escuchar la notificación.

Si bien es un acto muy formal, donde está también el Secretario de Derechos Humanos de entonces, Claudio Avruj, y otras autoridades, la reunión transita en un ambiente de mucha humanidad.


Juan Domingo de vacaciones, con su novia y su sobrino.


Es un momento, único, diferente a cualquiera. Baldini fue el soldado identificado 115.

En el cementerio, todos son soldados, no hay brevetes, ni jerarquías. Son personas que perdieron la vida en la guerra. Personas muertas.


Y esto lo aprendí de Geoffrey Cardozo. Él fue quien se ocupó de ellos en 1983 cuando se construyó el cementerio en Darwin. La dignidad de las personas trasciende la muerte, los acompaña siempre. La identidad devuelve esa dignidad a quienes fueron enterrados sin nombre.


En la reunión, ese 14 de noviembre caluroso de 2019, el Licenciado en Psicología Mariano Flores, anuncio la identificación de Juan Domingo, la emoción nos invadió a todos.


Explico, junto a un miembro del Equipo Argentino de Antropología Forense, que como pertenencia, solo tenía una cruz, con el nombre de una mujer. Sus familiares confirmaron que era la novia que tenía el soldado, cuando se fue a la guerra. La cruz quedo junto a Juan Domingo, en Darwin.


En la nota con Miguel Claria, conté eso. Nunca di el nombre de la mujer. Solo mencione la cruz y que era un regalo de su novia.


De viaje.


Se me descargo el celular. Llegue a mi casa ese día, entre algunas cosas que debía hacer, lo deje olvidado cargando por un rato. Cuando lo encendí, tenía un mensaje en una red social: “Estimada Alicia, la felicito y agradezco su compromiso en lo referente a Malvinas, y en particular a la búsqueda de Juan Baldini. Era una deuda de honor, y sus padres estarían muy felices” Eleonora.


Nunca dije su nombre al aire, pero ella supo de quien hablaba. Ese mensaje me emociono mucho, en la entrevista de notificación había preguntado a los camaradas de Baldini si sabían de ella. Ninguno me respondió, solo uno dijo: “rehízo su vida y creo que fue feliz”


“Uno se propone escribir sobre la muerte, y la vida se cuela, como siempre.” Y eso pasa cuando buscamos historias, cuando encontramos familias para dar identidad. La muerte dolorosa pasa a un segundo plano, y vuelve la vida, como el soldado identificado, que vuelve a casa en ese momento. Y comienza a trascender, otra vez, su vida y no su muerte.


Por esta experiencia y por muchas otras, estoy convencida de que no somos simples “buscadores de muertos”, son ellos los que llegan a uno con la fuerza de sus vidas.

Después de leer el mensaje solo pregunte si pudo ser feliz, y la respuesta fue, para mí, demoledora “Difícilmente, pero es lo que me toco, ahora es el momento de ir a Darwin”

Muchos meses después, vuelvo a comunicarme con ella, dueña de una generosidad y un afecto sin límites. Volvió a aquellos años y me lo contó.

Así se cuela la vida, como siempre.




En el Colegio Militar.


Cuando Juan Domingo se fue a la guerra, junto a un camarada, se hicieron la promesa mutua de avisar a sus respectivas familias si alguno moría en combate. Y fue Eleonora, quien llevo a cabo la dolorosa tarea de acompañarlo a la casa de sus padres. “Fue un horror, yo fui a decírselos, no quisiera volver a vivir algo similar”


Unos meses después de la guerra, ella paseaba con sus tíos, por el Cementerio de la Recoleta, porque habían venido de Italia.

Encontró a un soldado, “el chico del cementerio, estaba herido en el brazo y muy triste, era del Regimiento de Corrientes, yo llorando furiosa, no lo trate muy bien, lo busque después para tomar un café, pero no lo encontré”


Agradece después de cada frase por el recuerdo de Juan, y entiendo aquella primera respuesta a cada paso “difícilmente fui feliz”.


Su madre, por evitarle dolor, quemo la correspondencia entre ella y Juan Domingo, pero logro preservar una que compartió conmigo.

“Fíjate que en la carta pide abrigo y chocolates. Solo una encomienda le llego, el resto volvieron y mi padre las llevo a un hogar de ancianos, para no afectar as a su familia”



Los papas de Juan Domingo murieron poco después. No tenía hermanos, era hijo único. Pudo ser identificado gracias a Jorge Marcone, su primo hermano y la exhumación de sus padres en Chacharita.

“Pensé que seguía en Monte Longdon”, dijo Eleonora. Me mando fotografías, de la vida, de su vida con Juan.


Carta desde las Islas.



“A veces creo que siempre en mi existencia hay situaciones trágicas, esta (la muerte de Juan en la guerra) fue una de las tantas”

Debía esta nota, se la debía a ella, a Jorge Marcone, hoy nos une con él una amistad única, venida de otro plano, pero aquí y ahora.

Y sobre todo se la debía a Juan Domingo, que se coló, a partir de su identificación, como se cuela la vida.


Alicia Panero.

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