Memorias de un testigo de un procedimiento “antitrata”
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Memorias de un testigo de un procedimiento “antitrata”

Un hombre cansado camina en el atardecer de Córdoba, apurando su regreso a casa luego de una larga jornada laboral, en esa hora inquietante en que la noche comienza a caer sobre la ciudad. Nuestro personaje se sobresalta cuando un uniformado le intercepta el paso. No es nada grato que en un anochecer un desconocido se interponga en tu camino, aún cuando se identifique como policía. El individuo que no lo deja avanzar es, efectivamente, un oficial de la Policía Federal, quien le informa que el azar ha decidido que él debe ser testigo del allanamiento de un departamento, en una causa por trata de personas. Nuestro hombre, ya más tranquilo, toma el hecho con una actitud filosófica, y piensa que finalmente podrá ver con sus propios ojos qué es eso de la “trata”, de la que tanto le han hablado los diarios, la radio y la televisión. Años de hiper información como metralla han hecho que su mente vincule esa palabra con mafias que se dedican a secuestrar mujeres para obligarlas a prostituirse. Nuestro protagonista es un hombre pensante, reflexivo, y le cuesta aceptar que, habiendo tantas mujeres dispuestas a prestar de muy buen grado sus servicios sexuales, existan personas que arriesguen su libertad para montar empresas delictivas que parecen contrarias a toda lógica. Sin embargo, no puede olvidar que “el demonio de la trata” ha merecido vigorosos editoriales de periodistas prestigiosos, a los que él ha escuchado y leído.

Se dispone el testigo a cumplir con la carga pública que se le ha impuesto, y acompaña a los policías al allanamiento. El procedimiento, si bien se efectúa con respeto a la integridad física de las moradoras del departamento, no carece de cierta violencia moral. Se está invadiendo, con la fuerza de la ley, una propiedad privada. El testigo ve reflejado el miedo y el estupor en los rostros de las jóvenes mujeres que habitan el piso. Él también está, en cierto modo, impactado y lastimado por la sensación de que es algo así como un cómplice involuntario de un acto injusto. Sabe que está acompañando a la Policía, sabe que no ha elegido esa función sino que lo han obligado, sabe que los policías actúan cumpliendo órdenes de magistrados federales, sabe que esos magistrados obran apoyados en leyes. Todo esto es cierto, pero no alcanza a mitigar, mucho menos a neutralizar, su impresión de que, con policías, con fiscales, con jueces, y sobre todo con leyes, se están metiendo donde nadie debería meterse. A pesar de que el acto es formalmente impecable, resulta casi imposible para nuestro héroe involuntario, no ver en todo el procedimiento la profanación de algo que para él es tan sagrado como un templo: la intimidad de las personas.


De esto han pasado ya varios días, en realidad semanas, pero ese estado emocional no le permite recordar con precisión si las chicas que vio en el departamento eran tres o cuatro. Sabe que eran jóvenes, veinteañeras, bonitas, prolija y seductoramente vestidas, y que podría encontrarlas tras el mostrador de un comercio de venta de ropa, o como camareras en un bar elegante. Por la forma en que se expresan, nota, además del miedo dibujado en sus rostros, que son personas con instrucción, probablemente universitaria. En realidad, el testigo temía encontrarlas encerradas en una celda o un calabozo, custodiadas por un torturador, o bien encadenadas o esposadas. Pero no, las chicas se mueven con plena libertad, como si estuvieran en su casa. En realidad, están en su casa, o mejor dicho en su lugar de trabajo. Sale de pronto de una habitación un hombre, en el que se adivina el deseo de ser invisible. Es un cliente. No lo molestan ni lo demoran, pero es motivo de alguna chanza entre un uniformado y una de las chicas. El testigo cree advertir que los policías, ya duchos en estos simulacros de “desbaratamientos de redes de trata”, toman al procedimiento con buen humor, casi como un recreo, pues saben que en realidad no encontrarán ni delitos, ni delincuentes ni víctimas. Pero la ley es la ley y las órdenes judiciales están para ser cumplidas.


De pronto nuestro testigo ha notado la presencia de otra mujer joven, que bien podría ser otra de las chicas del departamento. Pero hay en ella algo distinto. No exteriormente, no en la vestimenta, sino en la actitud. La diferencia está en cierto tono de soberbia y superioridad moral e intelectual. Es la psicóloga, que forma parte de la comitiva, y que tendrá a su cargo la tarea de dictaminar que las otras mujeres padecen alguna alteración mental o emocional, pues sabemos, porque nos lo han enseñado hasta el hartazgo en los últimos tiempos, que una persona normal no estaría dispuesta a tener relaciones sexuales a título oneroso. Mañana, quizás esta misma noche, los medios dirán que “cuatro mujeres fueron rescatadas y derivadas para su atención a la Secretaría de lucha contra la trata de personas”. El testigo, que muchas veces ha escuchado y leído informaciones de ese tenor, se pregunta de qué o de quién han sido rescatadas estas chicas, que parecían tan tranquilas hasta que llegó la comisión policial. Fuera del cliente, no hay otras personas en el departamento, y nada permite pensar que las moradoras tuvieran algún impedimento para retirarse.


Lo más doloroso para el testigo fue presenciar el acto en que las chicas fueron despojadas por los policías de sus teléfonos celulares. Instintivamente protestaron, se quejaron, alegaron derechos elementales, pero el atropello se consumó. Los policías no olvidan que legalmente ellas son las “víctimas”, pero esa condición nunca fue tan evidente como cuando fueron obligadas a dejar sus teléfonos. Se pregunta el testigo de quién son víctimas estas mujeres. Le cuesta a nuestro personaje poner en duda años de editoriales irreprochables, pero finalmente está pensando que estas chicas en realidad son víctimas, no de secuestradores (que evidentemente no existen), ni de la policía, que cumple su deber, ni de los fiscales y jueces, que aplican los códigos, sino de leyes inicuas dictadas en lo que va del siglo por los políticos.


Finalmente, se retira la comisión policial, se lleva a las moradoras del departamento, y a éste se le pone en la puerta una faja de clausura con indicación de la causa y magistrado interviniente. Lo que no sabe el testigo es que en un par de días, cuando las chicas pretendan volver, el consorcio del edificio les dirá que han quebrantado las normas reglamentarias de decoro y exigirá ante quien corresponda que se les rescinda el contrato de locación.


Aunque el testigo de esta historia me ha pedido no revelar su nombre, me consta que este episodio ocurrió. Lo más triste es que seguirá ocurriendo, casi cotidianamente. Es lo que se llama un procedimiento contra la trata de personas.


Por Daniel Gentile, periodista y locutor

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