• No somos nadie

Un cuento de niños, para que leamos los grandes.

La infancia es ese lugar mágico, o trágico, según las vivencias de los niños y niñas.

El mundo dado vueltas por una pandemia, sin fronteras,(a eso se refiere el término), en todo el planeta son los niños quienes más han perdido.


La falta de contacto con sus pares, el encierro, la ausencia de socialización escolar, los pone en riesgo. Además de ser vectores de transporte del virus, lo que a muchos, les quito todo este tiempo la posibilidad de ver a sus abuelos.


El siglo XX estuvo cargado de conflictos, dos guerras mundiales, la guerra fría, la caída del muro de Berlín e incluso la creación y disolución del apartheid.

Mejor dicho, fueron cien años donde, a fin de cuentas pudimos darnos comprobar los extremos de violencia que la humanidad puede alcanzar.


La película 'Un saco de canicas' contextualiza sobre la Segunda Guerra Mundial y en especial, de la ocupación de los alemanes sobre Francia. Es la vida de dos hermanitos, mientras, siguiendo las instrucciones de su padre, intentan huir a Niza.


Vale la pena destacar que este filme surge a partir de un libro autobiográfico que tiene el mismo título de la película y que fue escrito en la década de 1970 por el francés Joseph Joffo.

La historia de dos hermanos judíos que pasan sus días jugando canicas y apostando sobre temas triviales. Ellos son Maurice y Joseph.


Salvando las distancias, incluso con niños que no pasaron por la guerra, pero si por la pobreza, gran tragedia de este siglo, y de nuestro país. Los niños siempre juegan. Tienen el don de nutrirnos de imaginación y magia.


Como en la Vida es Bella, hacer que el mundo sea un lugar mejor para ellos, es una tarea obligada para los adultos. Lo maravilloso, es la retribución, lo que viene de vuelta del contacto con los niños y niñas.



Es común escuchar la frase “los niños de ahora, no son como antes”, “son niños que nacen con la tecnología”. Probablemente sea verdad, aunque una vez que se desconectan de los mundos virtuales, las aulas en pantalla, y celulares con juegos, aparecen las risas francas, los gritos de alegría, la picardía y la infinita imaginación que nos sorprende siempre.


El paseo comenzó como visita cultural a la casa donde el General San Martín paso más de dos meses preparando el cruce de los Andes, en Villa Allende, provincia de Córdoba. La vieja casa, con los restos del nogal histórico, donde el Libertador descanso en su estadía, esta frente al arroyo Saldan.


Explicaciones sobre el lugar adaptadas a los niños de 6, 9 y 11 años. Escucharon y miraron, atentos, hasta que uno de ellos, tiro una piedra al arroyo.

Por la hendija de un portón, se puede ver una carreta de más de cien años, y todos opinan, “ahí llevaban los cañones, no, ahí cargaban la comida para los caballos”.


Y se desato la magia. Una magia que me nutrió de alegría, que lleno el alma adulta de sueños e imaginación.

El paseo a “la casita de San Martín”, se repitió dos veces más. Según edades e intereses de los cuatro niños, las risas, las carcajadas, los desafíos eran diferentes. Planes sencillos: cruzar el vado caminando con los pies en el agua, subir al puente y pasarlo sin mirar para abajo, porque el que mira para abajo “tiene vértigo”, gritaban Teodoro y Salvador.

Respeto por la naturaleza, mucho para aprender de ellos, Lorenzo, de 11 años, cuidadosamente encargado de atrapar renacuajos, para criar ranas para que estas se coman los alacranes. De los 4 costados venían preguntas y consignas “donde pongo este papel”, “¿porque hay un vidrio en el río?”.

El socavón del arroyo en la tierra colorada, los hizo creer que era la prehistoria, “¿Podría haber pinturas de los indios?”.


Salvador se mojaba los pies en el agua cristalina, termino empapado y jugando en el cauce con el pantalón puesto. Lo intento arremangar y no importo, porque buscaba cascadas y piedras movedizas.


De río abajo, volvió Santino corriendo, “¡Vengan a sacar una foto a ese pozo! Hay un Machu Pichu de plantas bajo el agua”

Los niños tienen el privilegio de vivir en un mundo increíblemente creativo, donde un palo es una espada de conquistador, una piedra arrojada al agua es un instrumento para crear “volcanes en el agua”.


No importan las condiciones sociales, la capacidad lúdica es lo que los salva de la realidad, acercarnos como adultos a sus juegos, nos llena de una esperanza nueva.

Muchos niños en el mundo sufren tragedias inmensas, y a pesar de ello, juegan, con lo que tengan a mano, y sobretodo, sueñan.



No importa que suene de otra época, un barrilete, una pelota, un tarro, una soga de saltar o un palo, son herramientas que desatan la imaginación, siempre.



¿A que adulto no le gustaría volar en bicicleta hasta el infinito, cruzar un foso imaginario lleno de dragones en patineta, o solo sentir el aire en la cara en una carrera de monopatín?

El río puede ser la bañera, las burbujas de jabón pueden encerrar hadas y duendes, un charco de agua puede ser el océano de un barquito de papel, comandado por un pirata.


La cocina de un departamento, se convierte en el lugar donde está la pileta llena de tiburones, que unos hombrecitos valientes, armados con bloques, encerraran en la cárcel del colador de los fideos.


Todo es posible en el mundo de la infancia, solo hay que dejar volar la imaginación, y llenarnos de risas, preguntas, y respuestas insólitas.

En tiempos de pandemia, hacer feliz a un niño, nos dará la esperanza de un mundo mejor. Un mundo que será de ellos.


Alicia Panero.

Imágenes: El diario de Aragón. El ágora, diario del agua.

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