Una historia de amor en otros encierros.
  • No somos nadie

Una historia de amor en otros encierros.

En Córdoba, hay un mausoleo cuyos detalles nos advierten que allí descansa un guerrero. Pero lo relevante de esa tumba no está en el hombre que descansa en ella, sino en la mujer que descansa a su lado, pues no se conoce caso igual en la Argentina: que en la tumba de uno de nuestros personajes históricos, y en la Iglesia Matriz, descanse, como en el lecho conyugal, la mujer que fue el amor del héroe, la mujer de la que él fue su único amor. Su madre fue María del Rosario Paz, y su padre, un médico escocés llamado Andrew Weild. La bautizaron Agustina, pero se la llamó, en recuerdo de su abuela británica, por el muy escocés nombre de Margarita. Su padre murió cuando era muy chica, pero aceptó con cariño al segundo esposo de su madre, Juan José de Elizalde.



Desde niña sintió admiración y un embobado afecto por su tío José María, el que peleó por la independencia, el que peleaba, cuando era ya una jovencita, por constituir el país. El tío buenmozo, serio, poco dado a conversar, pero que en familia era afectuoso, bromista y dedicado. Creció oyendo hablar de su heroísmo, de aquella vez que casi perdió, por un brazo herido, la vida, que le había sido concedida –pensaba ella– para que mejor pudiera amarlo y cuidar de él.


Su historia comenzó cuando parecía que iba a terminar la de él: boleado su caballo en los campos de Calchín, fue a dar en la Aduana de Santa Fe, prisionero de don Estanislao López, caudillo de aquellos pagos. Durante mucho tiempo, la familia penó sin saber si aún estaba vivo. Luego, su hermano Julián supo de él y poco después su madre y Margarita fueron a verlo. Ella entró primero y, sin poder contenerse, se arrojó en sus brazos, sorprendiéndolo con sus 20 años. Al abandonar la Aduana, Margarita dijo a doña Tiburcia –madre de Paz y abuela suya– que iba a casarse con el recluso. Y mientras tramaban el paso, la joven le llevó libros, papel, tinta y velas, las velas que, cuando querían castigarlo, para que no pudiera leer ni escribir, le requisaban. Otras veces, traía un costurero y remendaba su ropa. Su mano afectuosa le recortaba el cabello, lo afeitaba, le preparaba un plato refinado. Cuando lo atacaba la tristeza del cautiverio, le leía en voz alta o entonaba nuevas canciones. Paz debió enamorarse sin remedio. En secreto, planearon la boda. Un sacerdote de la familia, que solía visitarlo, consiguió las dispensas –eran tío y sobrina– para unirlos. Y el 31 de marzo de 1835, a las dos de la tarde, se casaron, mientras el religioso decía en voz baja las palabras de rigor, para que nadie escuchase la salmodia.


Los guardias le ordenaron a Margarita que se retirase, pero el doctor Cabrera arguyó el derecho de convivencia y presentó los documentos. Las autoridades, entre sorprendidas, furiosas y admiradas, decidieron dejarlos en paz. Dos días después, comenzaron su vida de casados. Cuando quedó embarazada, José María le pidió que volviera con su madre, para que el niño naciera en libertad. La respuesta de ella, mientras tendía el camastro, fue cortante: “No tiene importancia dónde nazca. Todo el país es una cárcel”.




Pero sus inquietudes no tenían fin; antes de que diera a luz, don Juan Manuel de Rosas decidió trasladarlo a Luján. Negarle a Margarita la información de lo que se haría con su esposo fue una crueldad que Estanislao López ejerció sobre ella gratuitamente, pues Rosas había ordenado que se trasladara “al general y su familia” en carretones decentes. Finalmente, doña Tiburcia se enteró del destino de su hijo y partieron a Buenos Aires la anciana endeble y la joven embarazada, en una barcaza donde los tripulantes piadosos tendieron un toldo para resguardarlas.


La desesperación de Paz no fue menor, pues temía que no les permitieran volver a verse. Pasaron meses hasta que supo que su esposa tramitaba el permiso para vivir con él, finalmente concedido. El niño nació poco antes, y viajeros que pasaron por Luján asentaron que veían con asombro pañales flameando en una ventana de la cárcel. Ella cuidaba al niño, Margarita dio a luz una niña que murió a los pocos meses, postrándola en la melancolía, de la que salió para cuidar al mayorcito, gravemente enfermo. Más adelante tuvieron otra hija, a la que bautizaron Margarita.


En 1839, después de ocho años, el general Paz fue liberado y enviado a Buenos Aires, con “la ciudad por cárcel”. Por primera vez, él y Margarita tuvieron privacidad, pudieron pasear, asistir a reuniones, hacer amistades. A él le devolvieron el sueldo de general y le pagaron lo adeudado. condición de que no tomara las armas contra Rosas. Luego, cruzó el río con sus hijos y se instalaron con Paz en Colonia. El breve período de tranquilidad había acabado, pues José María retomó el oficio de la guerra, enredándose nuevamente en políticas absurdas. Sin recursos, pusieron una granja, que no daba mucho; sobrevivieron porque ella sacaba fuerzas de flaqueza y preparaba empanadas que él y sus hijos vendían entre los vecinos. A pesar de esto, eran felices; vivían en familia y ella no sufría el terror de que lo mataran en batalla, sabiendo que nunca recuperaría su cuerpo. Pero estaba debilitada por los esfuerzos, por los viajes y los sucesivos embarazos. Su madre, Rosario, debió trasladarse para atenderla. El 5 de junio de 1848, a las diez de la noche, varios días después de haber tenido a su último hijo, murió, dejando a su marido desolado. Durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento, sus restos son llevados a la Catedral de Córdoba junto a los repatriados restos de su esposa.




Gran parte del límite seco entre la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la Provincia de Buenos Aires lleva en su homenaje el nombre de Avenida General Paz.

( de Jorge H Pautasso )

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